Poetas sin ventanas

Poetas sin ventanasElla estaba en la banca de madera del parque, siempre he sentido pena de sentarme al lado de alguien que no conozco, ella miraba las copas de los árboles y tal vez no notaría mi presencia, además no había más bancas disponibles.

El viento insistía en despeinarla o peinarla a su antojo y a ella parecía no molestarle, tal vez porque se sentía árbol con la sincronización de las copas y su pelo estremecidos por el viento. Yo me dediqué a leer mi libro, ella a leer los altos andamios del ciprés. No pudo contenerse, no la culpé, a mi me pasa lo mismo, tenía curiosidad por mirar mi libro, encontrar el título y saberse más cercana a mí o más repelida en el caso de que fuese una obra de Coelho.

- La Frontera de cristal, muy bueno. Carlos Fuentes es maravilloso. - dejó la risa abierta y entregada , como una flor que se ofrece en un campo de batalla.
- Sí, es muy bueno. - la timidez subía por mi rostro y de repente me sentí despeinado también, como si yo no fuese tan valeroso de mirar como los árboles. - ¿Te gusta leer?
- Me encanta, bueno. Yo soy poeta.

La miré con asombro y sin saber que contestarle, yo alguna vez escribí un poema pero fue un desliz de la conciencia y una ansiedad de atrapar a una chica escurridiza que jamás se interesó por mi poema, ni el de nadie.

- Ayer pensaba qué pasaría si el mundo no tuviera poemas. Y es que, me voy a pasar de casa, y se imagina usted, me toca un cuarto sin ventanas, y vine aquí a llenarme de cipreses antes de irme a vivir a mi casa nueva sin ventanas. No sé qué sería de los poetas sin ventanas. ¿Usted se imagina?
- Me imagino que vos...
- Vea, ayer iba en el asiento cinco, yo tengo una fijación con ese número, iba viendo por la ventana y la gente decía adiós. ¿Se imagina, usted, un tren sin ventanas? Los chiquillos pegaban gritos, había un negrito precioso que salió gritando ahí viene el tren, ahí viene el tren. Se dio cuenta de que yo lo oía y me echó una risilla. Imagínese el tren sin ventanas.
Sus manos juntas como rezando versos de Neruda y Benedetti, de pronto se abrieron y posó las manos sobre los regazos como una copa que ofrecía sus versos propios. No concordamos en la forma de hablarnos, ella era vos y yo era un usted, los demás eran solo eso, los demás.

- Y es que qué sería de los poetas y el mundo sin ventanas, los trenes, los enamorados, los niños en el parque, la estatua de algún héroe, la chica del super, los arboles, los charcos, el sol, el restaurante o el semáforo de la calle central, los cajeros automáticos, los aeropuertos, la lluvia, la gente fumando o comiendo, los mostradores, las aceras, un columpio, las aulas, las flores, la música, el dinero, los cuadernos, cada gesto, los espejos... Las discotecas, las mesas, los anteojos, las sombrillas, las camas, los números, los gritos, los relojes, los cuadros, las manos, los lápices, las hojas. El poeta y las ventanas mismas serían nada más que materia que se transforma.
La mire a los ojos y dejé cerrar mi libro, acerqué mi rostro a ella y llamé en la ventana cerrada de su boca con un beso, un beso que se mecía con las copas de los árboles y su cabello, ella me ofreció de nuevo una risa hermosa y transparente junto a dos ojos que miraban con la dulzura de un niño que acaba de mirar el mundo por vez prima, tal vez la mirada del negrito que anunciaba la llegada del tren.

- Si los poetas se quedasen sin ventanas, recurrirían a tus ojos.